16 diciembre, 2019
Fast Fashion: moda de consumo rápido

Fast Fashion: moda de consumo rápido

El fast fashion se expande con pasos agigantados por todo el mundo. Más allá de lo que las grandes cadenas quieran ofrecernos, se trata de una forma de consumo que cada vez se acentúa más. Con la misma rapidez con la que cambian nuestros gustos, cambian las prendas y las tendencias. Así como Francia cuenta con la alta costura e Italia con el prêt-a-porter, España, gracias a grandes grupos como Inditex, es el país exportador a la cabeza del fast fashion, facturando miles de millones de euros.

En los últimos años el consumo de moda se ha incrementado notablemente. Las mejoras en la economía, la sociedad consumista en la que nos movemos y el uso diario de las redes sociales, han provocado que compremos más ropa por el simple hecho de que hoy en día se publica nuestra vida a cada paso, y aparecer repitiendo modelo no es muy popular. Esta tendencia consumista ha hecho que el promedio de uso de una prenda nueva sea de solo siete veces antes de ser desechada y que, en los últimos 20 años, se haya presentado un aumento del 400% en el consumo de ropa en el planeta.

La estrategia del fast fashion se basa en las “microtemporadas”. Si hace unas décadas el cambio de colección en las tiendas se hacia coincidir con el cambio de temporada primavera, verano, otoño, invierno, hoy en día este tipo de moda crea productos que son diseñados, fabricados, distribuidos y vendidos casi con la misma rapidez con la que un usuario puede cambiar de gusto, llegando a ofrecer la cifra de cincuenta colecciones al año.

Uno de los últimos datos sobre consumo de ropa que se han publicado tiene que ver con “el cambio de armario”. Esta expresión que comúnmente hacia referencia a cambiar las prendas, por ejemplo, de verano, por la de otoño, que teníamos guardadas de la temporada anterior, ahora significa que necesitamos prendas nuevas para llenar nuestros armarios, y eso que la ropa es uno de los artículos que más acumulamos, aunque no con previsión de volverla a usar si no por sentimentalismo.

Si hace unas décadas se destinaba parte del ahorro en comprar prendas de calidad, que duraran, o para lucir en ocasiones especiales, hoy nos dejamos llevar por la novedad y preferimos el consumo rápido de prendas a las que no exigimos en calidad, ya que sabemos que el uso que le vamos a dar es muy escaso.

Las grandes cadenas del sector pueden hacer frente a toda esta vorágine, ya que están dentro de la rueda y no es fácil distinguir si son consecuencia o son la causa, pero éste consumo rápido es uno de los problemas que está ahogando al sector minorista que, en su búsqueda de mayores márgenes de beneficio, está empezando a comprar moda en el mercado asiático a través de plataformas online, como Aliexpress, adquiriendo ropa de menor calidad que la que pueden encontrar comprando a los mayoristas españoles. Dejando así de diferenciarse de la proliferación de tiendas de ropa asiáticas que están apareciendo en todas las ciudades de España. Los profesionales de HHG aseguran que los catálogos de los mayoristas nacionales son mucho más extensos y originales que los chinos, con una relación calidad-precio inmejorable. Además, el servicio y el trato con el proveedor va a ser mucho más profesional y directo, lo que sin duda nos beneficia de cara a reposiciones o encargos, con los que queramos distinguirnos de cara a nuestros clientes.

Las consecuencias

Todavía no sabemos cuál será el alcance que tendrá el comprarnos una camiseta de cinco euros todas las semanas. Lo que sí que sabemos es que el verdadero precio del consumismo lo vamos a pagar a nivel ambiental y social. Los tintes, los pesticidas para la producción masiva y las condiciones insalubres en las que toda esta ropa se produce están teniendo un impacto en el medio ambiente y en la salud de millones de personas.

Para que nosotros podamos seguir consumiendo de manera indiscriminada, hay un sector de la población mundial que tiene que trabajar por dos dólares al día, bajo condiciones infrahumanas. En la mayoría de los casos se trata de mujeres que salen a trabajar sin ningún derecho y a cambio de un sueldo que tampoco les permite dar una vida digna a sus familias.

La otra cara de la moneda

La lucha de los implicados en la moda sostenible o “slow fashion”, es titánica frente a un sector que se sustenta en el consumo desenfrenado. Se caracteriza por contar con materiales sostenibles de alta calidad, porque las prendas se hacen en locales más pequeños en lugar de producirlas en serie y las fabrican con materiales de origen local y éticos. Su apuesta se basa en que luzcamos ropa responsable. Este movimiento ganó notoriedad después de la tragedia ocurrida en un fabrica de Bangladesh en 2.013, donde murieron más de 1.100 personas al derrumbarse el edificio donde estaban trabajando, que no cumplía ninguna norma de seguridad básica, y en el que producían ropa.

Poco a poco los consumidores vamos tomando conciencia de estas situaciones, de ahí el ascenso que ha experimentado la moda sostenible y el comercio justo. Pero no es suficiente, el “slow fashion” más que una tendencia es una filosofía de consumo responsable, que pretende mentalizar a los consumidores del impacto que sus acciones tienen en el medio ambiente y en la sociedad.